jueves, 27 de julio de 2017

apunts d'estiú (notes de juny encadenades)


capvespre

decapitada
la tarda
no mor
la llum de juny
fa temps
al cel 
no te pressa
la nuesa de la nit



nit

sense alé
broden
els cossos
als llençols
les ungles
bescanviades
sense alè




matí

la llum
desgavella
les finestres del mar
lliscant
el llit
a mig vestir
humit encara
de les flors
que el silenci
no ha cosit


migdia

el sol
desossat
a la esquena dels rostolls
penja
el mur cec
ulls de buganvilles
a la grava
porpra i seca
la línia de llum
acaba
amb la darrera
solitud
de l’ombra
allà
on mor
el mur encès
l’aigua
arrossega
les fornals
de la sèquia


cecs

(sense ombra
mai no tinc
la certesa de l’abisme
d’ aquesta llum
que sega el migdia )




 llebeig

vent de costa
que no de mar
rescalfat
a la calitja sahariana
que descalça
el cel del sudoest
els dits
del llebeig
buiden de llum
ginestes i acàcies
 grocs
encara
arboren
els llançols de la mar
 i muden
les petjades
vestides
a la sorra equívoca
del capvespre.



unitat dels contraris

(mai a parts iguals
trama
l’espai
el temps
ombra i llum
mai a parts iguals)


Para O comentario: 

(más abajo también en castellano)


De vegades decideixo apartar el meu castellà patagónico-rioplatense-peninsular per experimentar amb aquesta llengua en la i amb la qual em comunico diàriament. El català com a suport d'expressió poètica em facilita dues coses bàsiques: suggerir i experimentar. 

En aquests poemes hi ha un parell de aspectes sobre els quals em sembla necessari detenir-me i els dos són de caràcter sintàctic. D'una banda, reivindico l'ús de l'hipèrbaton sencill amb alteracions molt concretes, un recurs d'ús cada vegada menys freqüent, és cert, però que té la propietat de qüestionar les isotopies de l'horitzó d'expectatives del lector. 

D'altra banda, he experimentat amb el “encadenament”, un territori sintàctic de sorres movedisses. El fet que el text manqui de pautes i signes de puntuació li facilita a la veu poètica regir, però inhibir-se de la conducció de la lectura. Rés és alló que sembla. El que funciona com a complement directe en la conclusió d'una frase, pot bascular com a subjecte en l'inici de la frase que suporta el vers següent. Tot depèn si el lector busca brega o és un mandrós o, encara pitjor, és un indiferent. L'altre experiment d'encadenament potser una mica més usual, consisteix en obrir i tancar un poema amb el mateix vers: al principi del poema té un significat que muda al moment de tancar. I és, sense cap mena de dubte, deutor de més d’un platejament o estructures musicals


I ara callo, només em queda demanar disculpes per no ser molt original en la temàtica: la convivència contradictòria de llum i ombra.


...en castellano:


A veces decido apartar mi castellano patagónico-rioplatense-peninsular para experimentar con esta lengua en la y con la que me comunico diariamente. El catalán como medio de expresión poética me facilita dos cosas básicas: sugerir y experimentar.

En estos poemas hay dos aspectos sobre los que me parece necesario detenerme y los dos son de carácter sintáctico. Por un lado, reivindico el uso del hipérbaton, en modo simple, con alteraciones muy concretas, un recurso de uso cada vez menos frecuente, es cierto, pero que tiene la propiedad de cuestionar las isotopías del horizonte de expectativas del lector.

Por otro lado, he experimentado con el “encadenamiento”, un territorio sintáctico de arenas movedizas. El hecho de que el texto carezca de pautas y signos de puntuación le facilita a  la voz poética regir, pero inhibirse de la conducción de la lectura. Nada es lo que parece. Lo que funciona como complemento directo en la conclusión de una frase, puede quedar legitimado como sujeto en el inicio de la frase que soporta el verso siguiente. Todo depende de si el lector busca brega, es perezoso o, aún peor, es un indiferente.  El otro experimento de encadenamiento quizá un poco más usual consiste en abrir y cerrar un poema con el mismo verso: al principio del poema tiene un significado que muda en el momento de echar el cierre. Y es, sin duda, deudor de más de un planteo y estructuras musicales.


Y ya callo, sólo me queda pedir disculpas por no ser muy original en la temática: la convivencia contradictoria de luz y sombra.

jueves, 8 de junio de 2017












almazara


(o
gath-smanê 
que el arameo refería
antes que mudara
getsemaní
cuando
cuenta medida y peso
ya se ajustaba
en hebreo
a la puerta
del molino de oliva)


quizá  sea de pedernal
la forma la sintaxis
o el filo que decapita
la palabra


sobre los capachos
ritma
el cono de granito
de la almazara
y en el suelo
el tiempo suma y salda en oro
los círculos de tierra
que redondea y encima
la noria de mula ciega.








martes, 30 de mayo de 2017

varea. (escriturabsoluta / lógicadialéctica)





I.
(la letra de Dios trabada en el envés de las hojas de olivo, quizá fuera fe o parábola de voz o la puesta en prosa de una leyenda jasídica, quizá galitziana)


II.

varea
el olivar
el mediodía de
la luz
este viento
en el cual
sopla
el mestral


III.

la ira de la varea
las hojas del envés
la escritura ligada
recta y cero
o tiempo descontado en quebrados
o filo fugado del horizonte
o lectura
o voz
o sintáxis de piedra cifrada
o ciegas hojas del envés
o rehenes de la escritura de Dios
o ira de la varea



IV.

la palabra
la fiera palabra renegada
ocupa
en asuntos de la grava
la contradicción
y enlaza y desenlaza
la lógica dialéctica
tal como el Oscuro de Éfeso
arbolara
la palabra
la fiera palabra renegada
-pacto de parias y desertores-
nombra y numera
en el desierto
la sal y la tierra
y deja
para el mar
los pasos.



martes, 9 de mayo de 2017

GUERRA ME HACEN DOS CUIDADOS

  

                                                                             (Guerra me hacen dos cuidados / de contrarios accidentes:/uno de males presentes,
                                                                              otro de bienes pasados / en la memoria cebados, /voraz símil cada cual
                                                                             del buitre ha sido, infernal, / cuyo insaciable desdén /plumas ha vestido al bien,
                                                                              garras ha prestado al mal. (Luis de Góngora, Décima 324)

Decapitada la tarde, el verdugo apura su plato de pirañas azules y espera.

(El general Menéndez tiene cita con su dentista. Hace días que decidió ponerse dentadura postiza. Resignado a perder “los dientes de arriba”, acaba de entrar a la Sala de Espera en compañía de uno de los custodios de su prisión domiciliaria.Saluda y se sienta. Tres con la cara hinchada le responden con un murmullo cabizbajo que se lleva en desgaire el vacío. Observa a los demás y recela. No le gustan las Salas de Espera. No desconfía del dentista,hace años que lo conoce: fue amigo de su padre, un médico militar que participó con él en la aplicación de“la solución final”.Sin embargo, teme, siempre ha temido,el encuentro casual con alguien que lo reconozca y lleve un arma. Recela. Aquellas cinco personas saben de sobras quién es él, piensa. Él nunca sabrá quiénes son ellos. De repente, el saludo de sonrisa fácil del dentista acaba con su inquietud. Inmediatamente, lo hace pasar al consultorio ante la perplejidad de los otros cinco: conoce al general y no quiere hacerlo esperar.)

Sentado sobre el oro del tiempo, el verdugo da la luz al
fuego mientras repasa el filo del hacha con la muela de asperón. Sólo el filo. El resto del hacha suma incontables láminas de herrumbre que se cuida de no tocar. Debajo de cada una de aquellas láminas,debajo de la sal de cada una de aquellas láminas vibra la última voz, la resignación o el desgarro de la última voz de cada una de las cabezas que su hacha finara. Ninguna de aquellas voces ha muerto y bastaría el roce de uno de sus dedos para que todas volvieran en sí a la vez, sólo las podría callar si se sumara la voz perdida de otra decapitación. Hace tiempo que conoce y teme aquel secreto.Deja a un lado la muela de asperón y observa,junto a la puerta, las hachas de su abuelo y de su padre, la herrumbre ya les ha ganado el filo.

(Un guante de latex le abre la boca. Entrevé otra mano y 
una jeringa.Tres picotazos en el cielo del paladar.Cierra los ojos. Una piedra de sal le fragua la boca. Le enganchan el extractor de saliva. El embate agudo del torno le taladra los oídos. El olor a hueso quemado. Los dientes metálicos de una pinza se cierran sobre la primera muela. Tironeos. El nudo de la muela se afloja yen la descarnadura de la encía se esponja una rosa mustia.Él no ve lo que acaba de perder, ve la sangre que escupe y babea. El guante de latex le ofrece un vaso de agua. Se enjuaga la boca y vuelve a escupir. Tose. Cree oír algunas palabras amables. Entreabre las bolsas de sus ojos y aparece la sonrisa del dentista.La misma sonrisa del padre, piensa.El tirón en la segunda muela. Cierra los ojos. La sonrisa de “Menguelito”, el padre del dentista, pidiéndole, cada quince días, “material humano para el avance de la ciencia”.Otro tirón.Blanco y negro. La memoria abre, sin querer, el cangrejal. El ojo de pez carga tres mil fotografías en blanco y negro de rostros que él desconoce. La esfera del ojo de pez deforma y ordena tres mil rostros inmóviles que lo miran y esperan. Dos tirones y pierde los caninos. Escupe sangre. Su lengua repasa los huecos de la encía. Se obliga a cerrar los ojos. El borboteo del extractor de saliva. No quiere ver ni la jeringa, ni las pinzas entrando en su boca. Una voz de mujer le habla con diminutivos y un nuevo picotazo de anestesia le agarra el paladar. Blanco y negro. Es imposible saber quiénes eran.“Con la cabeza encapuchada y en bolas, hembra o macho, todos son iguales”, le respondió al fiscal cuando le mostraron por primera vez las fotos de aquellos rostros.“Es imposible saber quiénes eran”).

Los campos abandonados, la mies a medio segar, las 
columnas de humo entre la primera y segunda muralla de la ciudad.El verdugo abandona su casa. El viento trae olores de carne quemada, gritos y estruendos. El hacha al hombro y la espada a la cintura. Camina. Sabe que, durante algún tiempo, habrá de guardarse entre los pantanos y las ciénagas del fondo del bosque. Camina. Una polvareda de gente a caballo se dirige hacia la casa que acaba de abandonar.Se oculta y observa. No son gente del alguacil, no son gente conocida. Enseguida le pegan fuego a la casa. Dentro han quedado las viejas hachas de su abuelo y de su padre. Cree saber lo que vendrá. La tierra tiembla bajo sus pies. Un remolino de ceniza se abre en el centro de su casa. Ve girar y desaparecer las piedras de las paredes. Ve girar y desaparecer los cuerpos desmembrados de los recién llegados que, apenas si han tenido tiempo para el espanto.El aullido de las voces decapitadas. Ve girar y desaparecer las láminas de herrumbre que guardaban las voces decapitadas.Las hachas giran y se entrechocan en lo alto. La corona del remolino cede. El ojo devastador se cierra sobre sí mismo y se lleva las hachas al centro de la tierra. El aullido se abre en canal. Entonces, todo cesa y un vientecillo, entre siena y ocre, queda bailoteando sobre el terreno que ocupara su casa. Abandona el escondite y se vuelve hacia las murallas. Un humo espeso oculta la fortaleza y el castillo. Camina. Recuerda los rumores que un par de dragones y serpientes amigas bordaron en el mantel de su mesa. Lamenta que en nada erraran. Camina.


(Se enjuaga la boca y escupe. Las bolsas de sus ojos continúan cerradas. No deja el cangrejal su 
memoria.Blanco y negro.Los enemigos. La orden era aniquilar y escarmentara los subversivos, a sus cómplices, a sus amigos, a sus familiares y, por último, a los indiferentes. Él decidió dos campos de internamiento para tres mil “irrecuperables” y aplicó “la solución final”. Él decidió abrir aquellos dos campos para enseñar a oficiales y suboficiales sus métodos y “clases prácticas”para el exterminio de la “antipatria”. Recuerda que a “sus” dos campos se los conocía como “la Universidad”.“No se olviden nunca, Dios nos eligió a nosotros para darles todo el castigo que se merecen”.La exculpación a cambio de un“pacto desangre”. Diez cadáveres de “irrecuperables”.Cada oficial o suboficial que hubiera hecho “prácticas de interrogatorio y apremio” bajo su dirección se comprometía a presentar, por lo menos,diez cadáveres de “irrecuperables” y hacerlos desaparecer sin dejar rastros.Después, él, en su condición de “señor de la guerra”, los ungiría como “caballeros de honor”. Todos los generales, en aquellos días, se hacían llamar “señores de la guerra”. Todos sabían, él lo sabía, que ninguno de ellos jamás había sido guerrero de ninguna guerra. Los únicos enemigos que habían abatido eran cuerpos deshuesados a golpes o desgarrados por la picana.Él lo sabía, los demás lo sabían. La memoria cierra el cangrejal. Vuelve a enjuagarse la boca. Escupe, babea. Entreabre las bolsas de los ojos. No oye, pero tampoco le interesa lo que le dice el dentista. Se pone de pie. Su lengua se espanta sobre la encía abierta).

Camina. Los pantanos. El agua negra de los pantanos y las 
cabezas ensartadas en picas de cañas. Reconoce aquellas cabezas. Camina. No tarda en toparse con los gibosos contrahechos. Los conoce. Casi humanos,cabeza de pez, uñas y dientes de roedores, siempre a cuatro patas, gritan con el piar de las rapaces. Lo rodean. Intentan inmovilizarlo por los tobillos para hacerlo caer. Saca la espada y rebana cuatro cabezas. Primero se apartan, pero enseguida comienzan a devorar aquellos cuatro cadáveres. Camina.La luz se hace escasa y gris. La luz es el resplandor que esmerila el resplandor de otra luz. El agua negra de la laguna. La bruma calzada. Los guardianes blancos que caminan sobre el agua de la laguna. Hombres desnudos que ni viven ni mueren. Quién cruza la mirada con ellos acaba vagando eternamente sobre el agua negra de la laguna.Baja la cabeza y espera a la orilla.No tardará en llegar el barquero que lo pase al otro lado para continuar el viaje. Sabe, también, que en cuanto decida abandonar el fondo del bosque, el regreso no será fácil.  Sabe, todos los verdugos lo saben, que no sólo habrá de ser el mismo barquero el que lo devuelva a la orilla, sino que peregrinará por el envés del tiempo hasta encontrar una cesura capaz de investirlo, nuevamente, para la muerte.

(Los metales densos. La saliva espesa de metales densos que la lengua no retiene. La mujer de los guantes de latex le ayuda con la torpeza de sus brazos extraviados en el abrigo. La voz del dentista: los analgésicos cada seis horas. El papel con la receta tiembla en su mano derecha. La piedra de sal en el paladar. No puede fumar, ni beber alcohol, ni tomar mate. Otra vez la voz del dentista. Asiente y achina las bolsas de los ojos. Tose. Se tapa la boca con un pañuelo y por primera vez se encuentra con la cortina vencida del labio superior. El pañuelo le devuelve una rosa de sangre ensalivada. Se despide. Atraviesa en diagonal la Sala de Espera y lo acuchillan las miradas de tres personas con la cara hinchada.El custodio lo toma del brazo y salen fuera.El ruido ensordecedor del tráfico. Quiere hablar, pero la sobredosis de anestesia le empasta las palabras. Camina. A no más de treinta metros distingue su coche, un Siena negro. El otro custodiolos espera con el motor en marcha. Caminan. No saben, no pueden saberlo, pero la cabeza canosa del general Menéndez acaba de aparecer en la mira telescópica de un fusil que aguarda apostado en la terraza del edificio que tienen delante. El general entra en el coche junto al custodio. El conductor inicia la primera maniobra para salir y nota que la rueda delantera izquierda acaba de sufrir un reventón. Maldice en voz alta y baja. Apenas ha tenido tiempo de sorprenderse del estado en que ha quedado la rueda, cuando oye dos disparos seguidos que revientan las dos ruedas traseras. Inmediatamente el custodio que está dentro empuja al general al suelo del coche, desenfunda el arma y sale. Se parapeta junto a su compañero y esperan. No saben, no pueden saber que el siguiente disparo no llegará nunca.Pasados cinco minutos, del edificio de delante salen un muchacho en compañía de una persona mayor. Ríen. El muchacho lleva al hombro una guitarra enfundada. Un taxi los espera. Suben y desaparecen. Los dos custodios cruzan sus miradas y sus sospechas, pero ya es tarde. Mal estirado en el suelo del coche, el general espera. Se prepara para lo que siempre temió. Tose. Su lengua se pasea nerviosa por la encía abierta: la primera y única herida que ha sufrido en su vida. Tose. Babea. Espera.) 


El último tramo. El hedor a carne podrida. El silencio. Los árboles negros del fondo del bosque. Los ojos que lo vigilan desde lo alto de los árboles negros.Camina. Entrevé la cabaña al final del último tramo. Antes habrá de bordear la Ciénaga Grande, donde presumen de pereza los lomos de los dragones y silva el zigzag nervioso de las serpientes ciegas. Ve parpadear la luz que mal ilumina la cabaña del fondo del bosque. Camina. Las ventanas agrandan la sombra de la figura de un hombre. No lo sabe, aún no puede saberlo, que no desconoce al dueño de aquella sombra-hace años que habita y repite los sueños inmóviles del dueño de aquella sombra y de otras sombras-. Lo espera, lleva tiempo esperándolo, para compartir una fuente de pirañas azules.